Masculinidades, competencia y de si quiero o no ser señora de las Lomas.
Cuando tenía 13 años una de mis tías se casó por tercera vez y su nuevo marido era insoportable: siempre quería ser el más inteligente, el más sabio, el más edgy. Mi mamá dice que los hombres siempre quieren ser los más listos, los más chingones. Cada que jugabamos al Maratón yo veía a este hombre al lado de mi tía y pensaba: “jamás seré como ellos” y, sin embargo, lo fui. Esta es la historia en la que intentó decifrar como acabé ahí.
La primera vez que sentí el golpe directo de la competencia masculina fue en mi segunda cita con un economista del ITAM. Estabamos en la Cineteca, a la que por cierto él jamás había ido (red flag), y le conté que mis compañeros y yo estabámos creando una revista de economía para estudiantes de licenciatura. Le pregunté que opinaba y me dijo de una forma dolorosísima: “No creo que a nadie en el ITAM le interese enviar algo a una revista suya”. ¿Por qué le dirías algo así a alguien que te gusta, de la forma tan despectiva en la que él lo hizo?
Después, conocí a un frustrado escritor que decidió dedicarse a la política y los datos. Me escribió un poema y me armó una playlist de más de 8 horas, uno pensaría que algo así es señal inequívoca de interés y aprecio, pero yo jamás pude estar segura, él se encargó de eso. Recuerdo cuando me llamó el 15 de septiembre para decirme que yo prefería estar con mis amigas que con él. Borracho, admitió su miedo: “estas dos semanas con tus amigas perfectas y al politólogo de *una escuela odiosa* solo le das unas horas”. Esa misma semana defendió al invitado especial de un foro virtual en el que participé diciendo que “le había echado bolita”.
Lo recuerdo con especial dolor una tarde en la que salió del estudio del departamento que compartimos unos días. Me miró, sentada en la mesa del comedor tomando clase de macroeconomía y apuntes en mi ipad, y me dijó: “mírate, toda perfecta, tomando clases con tus apuntes perfectos, en tu vida perfecta”. Supondrán que viniendo de alguien con quien salía, eso debió significar algo bueno, pero no fue así. Se sentía como un acto de violencia, porque no veía de un lugar de admiración, venía envenenado de envidia y de dolor. No fue casualidad que días después yo temblara de miedo todo el tiempo, después de muchas mañanas de escuchar como su forma de desayunar era mejor que la mía.
Después de eso, me di cuenta de que llevaba un tiempo normalizando esa actitud. Avanzan poco a poco, cuestionando cada vez más aspectos de tu vida. Por supuesto, nunca se presentan de tal forma al inicio. Al principio te seleccionan canciones, te escriben poemas, te dicen “quiero leer todo lo que escribas” y la semana siguiente destrozan tus textos. Un día parecen querer estar aquí, entusiasmados de ser parte de tu vida, y al siguiente están cuestionando tus valores, los de tu familia, los de tus amigas.

Todavía no tengo certeza de porque sucede así. Mi única teoría es que algo dentro de algunos hombres necesita ser probado y para mi desgracia, me ha tocado ser vista como el medio. Como este hombre que atravesó por todas las inclemencias que las estadísticas señalan que no se pueden superar y lo logró, y aún así, en medio de la noche, me miró muy serio y me preguntó “¿de verdad crees que soy inteligente?” y pude escuchar como se le quebraba la voz.
Luego de eso, me prometí hacer todo lo posible por jamás volver a estar en esa situación, pero volví. Esta vez, me encontré sentada en mi cama, con el teléfono en altavoz, pintandome las uñas sin interés alguno en la conversación porque mi interlocutor llevaba media hora hablando de porque mi definición de clase, según Marx, estaba caduca. No crean que no me gusta hablar de filosofía y política, pero ¿es necesario que todo sea siempre una batalla?
No me di cuenta a tiempo de lo que estaba sucediendo. A tiempo para huir antes de que me doliera. Una tarde me corrigió cuando le dije que el desempleo era delicioso: “tú no estás desempleada, porque la definción del desempleo es…….”. Sí, lo sé, es el maldito desempleo friccional. Cuando terminé de comer llegó el momento más temido por cualquiera*, antes de levantarme de la mesa, levantó una ceja y preguntó: “para estudiar tu carrera, ¿mi escuela es mejor que la tuya, no?”. Ahí fue cuando supe que llevaba semanas en territorio enemigo: la guerra había sido declarada muchos días atrás sin que yo me diera cuenta.
Me senté en una mesa de un café de una ciudad demasiado horizontal para funcionar, después de todo el día conteniendo el llanto sin querer. Me miró y me dijo: “Sabine, tu romantizas demasiado el conflicto”. Y yo lo quise oír, por el placer de la ironía de la conversación. Me explicó su teoría, a mí, que llevaba todo el día sintiendome en Irak, en una lucha que era imposible de ganar. Y pensé: “No, ya no romantizo el conflicto. Sé que esto es una mierda y huiré cuando salga el Sol.”
Esas silenciosas batallas no pasan sin consecuencias. Días después revisé con cuidado las semanas anteriores y me vi a mi misma dudando de todo: de si dormirme temprano me hacía aburrida, de si tomar clases de alemán era patético, de si no tomar refresco era de snobs, y todas esas cositas que fueron interpeladas durante nuestras conversaciones.
Un día estaba llorando con una amiga mientras me comía uno de esos roles deliciosos del Maison Kaiser y le dije: “después de todo esto, la verdad ni siquiera sé si le caía bien”. Una llega a preguntarse si le gustas o te odia, y nadie debería pensar eso jamás.
La última noche, me vió parada en su comedor, fumandome un cigarro y me dijo: “confiésalo, si pudieras estar con alguien más y ser señora de las Lomas, lo harías”. Y sonó en mi cabeza el pedacito de canción de Taylor Swift: the idea that you had of me, who was she? Le dije que sí y me reí mucho, yo ya no estoy compitiendo: yo sí soy la menos inteligente, la menos sabia, la menos edgy ¿Y todo lo que escribo? No vale la pena que lo leas, tú ganas y yo estoy equivocada.
