Imposturas de una señorita burguesa #8
12. El primer día de teclear siempre es especial
–Señoritas. — dice el director de la escuela de escritura el primer día de Mecanografía– ¡Bienvenidas! Hoy inician dos años, que espero, sean los más provechosos de vuestras vidas. Reproducir a los grandes es un viaje lleno de dificultades, pero os aseguro que lo disfrutaréis, o eso esperamos aquí.
Acaba su introducción entre risas y comienza un aplauso entre las trece chicas que formamos la promoción. Su discurso continúa, pero yo ya solo puedo pensar en los puntos negros que acabo de notar en la nariz del director, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para poder pedirle que me deje sacarle uno?
Entrega una guía y una cinta adhesiva mate. Nos explica cómo tapar las teclas de la computadora para que nos adaptemos a escribir sin mirar el teclado. Tienen unas técnicas rigurosas acá. Quiero que se acabe el año, quiero entrar a lo mío.
13. Me gustan las listas, pero no me gusta comprar
Reviso la lista de la compra cinco veces antes de salir. Ali me apunta el papel tualé y las servilletas; nunca recuerdo esas cosas que parecen no acabarse nunca, hasta que se acaban y en la necesidad, nos toca ingeniarnos una forma de limpiarnos. La mitad de las cosas que hay en esa lista ni siquiera las tenía que poner en la que hacía cuando estaba en casa, ¿a quién engaño? Allá ni hacía lista, lo que encontrabas lo comprabas.
El supermercado estaba casi vacío, más que viernes por la tarde parecía martes a las 3:00 de la mañana. Le comento a Ali que es rarísimo que esté tan solo el lugar, y me responde con un «¿acaso debería haber una fiesta?». Decido no discutirle, ya hemos tenido suficientes desacuerdos intentando equipar la cocina con lo que a ella le parece esencial y a mí –o a mi cuenta bancaria- me parece prescindible, casi siempre gana porque juega de local.
Caminamos juntas por el sector de las frutas: yo peso los cambures, ella pesa las manzanas. Me arrepiento de tomar un mango porque no tiene sentido que cueste lo que cuesta mi casa entera, con todo y la mata de mangos en el patio. Lo devuelvo a su lugar.
Alicia empuja el carrito mientras revisa el celular, creo que no pasa un día sin discutir con José Rafael. Yo voy atenta tomando las cosas de los estantes: los tomates enlatados en tres tamaños diferentes, arroz de tres marcas para elegir.
–¿Estás loca? –se ríe Alicia– Ni siquiera cabe en el carrito, ¿cómo va a caber en el piso?
–Pero tenemos que aprovechar, es algo que vamos a necesitar siempre, ¿no? Los intestinos nunca paran –le respondo mientras intento hacer encajar el paquete de 32 rollos de papel tualé en el carrito del mercado.
– Claro, pero si se acaba podemos comprar otro, ¿no? Cuando queden dos, vamos por uno nuevo, así… como la gente normal –me dijo como si le estuviera explicando a un niño cómo atarse los zapatos con el cuentico de las orejas del conejo.
Llegamos a la caja y comenzamos a pasar los productos, pasa la escoba, pasa los ganchos de ropa, pasa las esponjas de cocina y el cajero nos mira sonriente: «Tienen casa nueva, ¿no?». Le hacemos algunos comentarios tontos para darle la razón.
– ¡América, no! — grita Alicia cuando pongo el pack de ocho litros de leche en la banda de la caja y el cajero le acerca el lector de etiquetas.
– ¿Qué cosa ahora? — La pregunta la hacen mis manos, mis ojos y mi voz a la vez.
–Deja de comprar como si tuvieras hambre, acá las cosas no se desaparecen. –sigue con volumen– Devuelve eso, mete solo dos.
–Marica, ok, también creí que salía más barato así –le digo, me sudan las axilas, me sudan los dedos de los pies.
–Sé práctica, América, te ahorrarás míseros 80 centavos.
¿Acaso cree que estoy a 50 metros de ella? El cajero no me pudo mirar a los ojos. Y pregunta al aire, si saca el artículo de la compra. Ella responde que cobre solo dos.
-Tengo buena memoria para todo, menos para saber por qué quiero a la gente-
14. Lista de compras de las señoritas decentes
1. Papel, pero que no se note que vas mucho al baño
2. Lechuga, ¡a montones! pero que no se note que comes mucho en casa
3. Poca leche, no hace bien
4. Frutas en cantidad necesaria, tamaño cartera
5. Huevos, harina, azúcar -preguntarle a mamá el resto-
15. El conocimiento entra por WiFi
Llegamos al piso, tenemos los hombros entumecidos de cargar las bolsas. Ahora le doy la razón a Ali, ¡cómo íbamos a traer seis litros entre las dos! Pero ni obligada lo admito. Ella corre al baño apenas lanza las bolsas en el suelo de la cocina. Escucho el bote de pepinillos sonar contra el piso, al borde del quiebre. Alicia no es cuidadosa. Me reclama desde el baño porque tiene poca señal. ¡No es mi culpa que no tenga Internet la casa todavía! No hemos podido poner wifi porque ninguna tiene cuenta bancaria para domiciliar.
–Ve tú mañana, te la abres y lo hacemos con la tuya, que yo ya estoy full con las clases y es urgente– me dice.
Supongo que me quiere dar una responsabilidad sobre la casa, el internet. Entonces seré dueña de la sabiduría.