Imposturas de una señorita burguesa #4
5. Historial de navegación subterránea
Alicia y yo tenemos 37 minutos montadas en el mismo vagón, con el mismo olor a frijoles ya procesados por algún otro ocupante del metro, y el ánimo más bajo tierra que la mismísima línea 6. Estamos de regreso de la oficina migratoria; logramos entregar nuestra documentación, pero después de haber imitado tejas, mientras hacíamos la fila para entrar, la lluvia se empeñó en acompañarnos de camino al metro -¿no se supone que en Madrid casi no llueve? Sí, Madrid es seco- y para rematar la falta de respuesta de nuestros posibles arrendadores no nos tiene muy entusiasmadas.
–Me imagino que hay gente en peores situaciones que la nuestra, ¿no? –me dice Alicia (ella siempre es considerada, se minimiza, ¡delicada!)
–Sí, vale. Nosotras estamos reinas — le respondo, mientras mis dedos de los pies juegan con la esponjosidad de las medias mojadas por la tormenta. Tengo que agregar *botas de lluvia* a la lista de cosas que necesito.
–Estos primeros días siempre son los peores, luego todo se estabiliza, te lo prometo.– Ya supongo que me habla desde la experiencia; después de todo, Ali se mudó de Ccs a los 15. Se fue con toda su familia y desde entonces, si no me equivoco, no ha pasado más de 4 años en una misma ciudad. ¡Una señorita de mundo!
Tengo 20 años conociendo a Alicia, pero apenas hoy me doy cuenta que su pelo es realmente ondulado, la pobre se pasa la mano cada minuto por los dos rizos indiscretos que le hacen un corazón sobre la frente. La lluvia me incomoda revelando cosas que hasta ahora no sabía: que a Alicia no le gusta su pelo natural y que Madrid tiene malos sistemas de drenaje.
La conversación de las mujeres sentadas frente a nosotras me distrae, escucho a la que lleva Dr. Marteens contarle a su amiga que firmó un contrato por dos años en un bajo. Con los ojos clavados en el cigarrillo que arma sobre su regazo dice: «No tiene ni una sola entrada de luz solar, y ya hace un frío que te cagas. Voy a tener que trabajar en casa de mis padres con el rabo entre las piernas».
Me parece terrible estar comprometida a vegetar en casas ajenas durante un año porque en la tuya no puedes estar demasiado tiempo sin convertirte en vampiro. Aún así, siento envidia de la chica con dos posibles casas y un trabajo. Quiero meterme en su conversación, pero llegamos a nuestra parada y Alicia vuelve a alisarse en vano el corazón de su frente.
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¡Mamá! Todo listo con los papeles. Todo en regla. Mi mamá me dice “Ame”, el cariño lo minimiza todo. Quiere que le cuente con detalles, pero ella es muy lista, no tengo que contárselo. Voy feliz a la escuela ella lo sabe, ella quiere que me regrese, ¿regresarme a dónde? La mamá es un lugar, pero la mamá se puede mover. Donde ella está, yo ya no soy. No me he inscrito, ¡mañana voy! Pero me duermo, ojalá sueñe con Tilda. Qué graciosa es mi mamá, muy bien educada, pero me dice que me quiere cada vez que se despide. ¡Qué falta de pudor!
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