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1928

Abstract

a página de sus cuadernos, o movían la pierna izquierda como un péndulo desajustado bajo su pupitre, pero a Mariel no le bastaban esos tics tan comunes: ella se arrancaba las cejas porque así la inseguridad se le quedaba marcada en la cara. En algún momento de su alopecia forzada, su mamá se preocupó: la verdad ya se veía como la Mona Lisa, pero sin la pincelada magistral. Entonces solucionó el problema de la manera más lógica para la época: se las tatuó. En ese momento no había <i>microblading</i>, ni ningún procedimiento estético para recuperar los pelitos perdidos, y el encargado de regresarle las cejas con tinta no tenía la mano de DaVinci; Mariel terminó con dos comas que le separaban la mirada de su frente, quizá en su lugar hubieran quedado más acordes dos signos de interrogación, pero supongo que su madre no querría que Mariel atrajera demasiadas miradas.</p><p id="e086">Pobre Mariel, no la veo desde que nos graduamos, ¿dónde estará? La chica de la araña se debió haber estresado mucho también, ¿qué se estará tapando?</p><p id="0e20">–Sí señor, traje todos los requisitos. — Soy muy eficiente.</p><p id="fe2f">***</p><p id="4801"><i>Mamá, me siento bien. Todo está encauzado ¿tú cómo estás? ¿Tú estás? ¿Allá se está? Acá todo tranquilo.</i></p><p id="5806">Mi familia es preciosa, se quedó donde no hay nada. Pero ellos lo tienen todo, mi mamá dice que me extrañan. Yo veo fotos por whatsapp, por Instagram, no estoy con ellos. Estoy en la frente de mi hermana mayor, en la boca de mi hermano menor. Mi papá es muy bueno, dice que si me hace falta algo que solo avise. Yo estoy tranquila, ellos están tranquilos, ¿ellos están? Se me disuelven cada vez que cierro la pantalla. Si hubiera sabido hace un par de años que no iba a estar con ellos hoy, los habría querido un poco más.</p><p id="482f">Mi mamá dice que no necesito pasar malos ratos, que me regrese. ¿Regresar a dónde? Que soy libre, ¿libre de qu

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é? Nunca me he sentido atada. No me voy a regresar, ni de vaina. Determinación, sí sí sí, Soy dragón en el horóscopo chino. Ya les repito que todo está bien. Todo está bien. Amo el bullicio y la sequía de Madrid. Y cuando llueve es fa-bu-lo-so.</p><p id="e8ea">***</p><p id="9510"><b>17. Mi amiga, mi ex y yo. Mejor escribo el guión</b></p><p id="2df7">Alicia llega con José Rafael al piso, mientras yo leo el relato de la semana: “Jim”, de Roberto Bolaño. Pobre americano tan triste. Menos mal que es para analizarlo y no para transcribirlo, las contradicciones de Bolaño son muy difíciles de imitar.</p><p id="0d45">— Tú ni salgas, que hace un frío que te haces pipí encima y se te congela– me apunta mi ex.</p><p id="abf1">José Rafael se pone cada día más parecido a un cerdo, con la cara igual de rosada y estirada. Se pincha un dedo y le sale crema pastelera, a presión.</p><p id="c38c">— Ni de vaina, ni por el clima ni por el trabajón que tengo encima –le respondo levantándome del sofá — Me voy al cuarto, así no me joden, pero si piden comida me avisan.</p><p id="0157">¿Quién iba a pensar que yo iba a repetirles tanto esa frase a este par? Los dos eran mis mejores amigos, después uno mi novio y después el diablo -o dios- los juntó. A Ali la amo porque uno a sus amigas del colegio no puede sino amarlas como a una hermana y por liberarme de ese hombre. A JR le tengo cariño, mi forma de disculparme por todo lo que le hice para terminar -¿hace cuántos años ya?- con él, es aceptando que se enamorara de mi mejor amiga. Son felices, me da igual. Me alivian. Los catires se ven mejor con las catiras.</p><p id="c462">¡Que mi ex se mudó con nosotras y el memorandum no me ha llegado! José Rafael pasa todos los exámenes.</p><p id="0687"><b>18. El amor sobrevive casi todo</b></p><p id="9717">Debo contar que pidieron comida y no me avisaron. El amor resiste tres personas juntas, pero no el hambre.</p></article></body>

Imposturas de una señorita burguesa #9

16. Las pijipis usan bancos ecológicos y se peinan las cejas

Ya es jueves por la mañana, mientras espero por mi turno en la oficina de apertura de cuentas de OpenBank, se sienta una chica a mi lado con un tatuaje de araña en la sien izquierda. Por un momento creí que era un lunar, pero ahora veo que es tinta. Entonces no puedo evitar recordar a mi compañera de colegio que no tenía cejas desde los 14 años, mejor dicho: sí tenía, pero eran tatuajes. Dos comas en tinta de un color cenizo cuando estábamos en el salón de clase, y de azul inquietante cuando salíamos al sol. Mariel se arrancaba los pelitos de sus cejas con sus uñas cuadraditas, bien limadas y con una capa de esmalte transparente. El rumor era que se las depilaba porque estaba loca, decían que se las quitaba porque creía que le iban a comer la cara y ella tampoco parecía estar interesada en desmentirlo. Ella se las halaba en clase, como si se estuviera despegando una capa de goma de la palma de la mano, gozaba como todos los niños.

Ese fue el año que Ali se fue del país, así que Mariel pasó a ser mi compañera de trabajos por orden de lista. Una vez, cuando nos tocó trabajar juntas en la disección de un sapo en biología, ella misma me confesó que se las arrancaba porque sentía miedo de muchas cosas y sus manos solas se las extirpaban, sin que ella se los mandara. Le daba miedo no aprobar el examen de matemática, recordar que no había tendido su cama al llegar al colegio, que su papá llegara más tarde a casa. Después de saber eso yo tomé el control del bisturí y corté al animal en dos por ella, no quería agregarle otra razón a su manía. Nos hicimos muy amigas ese año.

Hoy me parece curiosa su forma de llevar ¿el estrés? A esa edad la mayoría nos comíamos las uñas, otros dibujaban garabatos en la última página de sus cuadernos, o movían la pierna izquierda como un péndulo desajustado bajo su pupitre, pero a Mariel no le bastaban esos tics tan comunes: ella se arrancaba las cejas porque así la inseguridad se le quedaba marcada en la cara. En algún momento de su alopecia forzada, su mamá se preocupó: la verdad ya se veía como la Mona Lisa, pero sin la pincelada magistral. Entonces solucionó el problema de la manera más lógica para la época: se las tatuó. En ese momento no había microblading, ni ningún procedimiento estético para recuperar los pelitos perdidos, y el encargado de regresarle las cejas con tinta no tenía la mano de DaVinci; Mariel terminó con dos comas que le separaban la mirada de su frente, quizá en su lugar hubieran quedado más acordes dos signos de interrogación, pero supongo que su madre no querría que Mariel atrajera demasiadas miradas.

Pobre Mariel, no la veo desde que nos graduamos, ¿dónde estará? La chica de la araña se debió haber estresado mucho también, ¿qué se estará tapando?

–Sí señor, traje todos los requisitos. — Soy muy eficiente.

***

Mamá, me siento bien. Todo está encauzado ¿tú cómo estás? ¿Tú estás? ¿Allá se está? Acá todo tranquilo.

Mi familia es preciosa, se quedó donde no hay nada. Pero ellos lo tienen todo, mi mamá dice que me extrañan. Yo veo fotos por whatsapp, por Instagram, no estoy con ellos. Estoy en la frente de mi hermana mayor, en la boca de mi hermano menor. Mi papá es muy bueno, dice que si me hace falta algo que solo avise. Yo estoy tranquila, ellos están tranquilos, ¿ellos están? Se me disuelven cada vez que cierro la pantalla. Si hubiera sabido hace un par de años que no iba a estar con ellos hoy, los habría querido un poco más.

Mi mamá dice que no necesito pasar malos ratos, que me regrese. ¿Regresar a dónde? Que soy libre, ¿libre de qué? Nunca me he sentido atada. No me voy a regresar, ni de vaina. Determinación, sí sí sí, Soy dragón en el horóscopo chino. Ya les repito que todo está bien. Todo está bien. Amo el bullicio y la sequía de Madrid. Y cuando llueve es fa-bu-lo-so.

***

17. Mi amiga, mi ex y yo. Mejor escribo el guión

Alicia llega con José Rafael al piso, mientras yo leo el relato de la semana: “Jim”, de Roberto Bolaño. Pobre americano tan triste. Menos mal que es para analizarlo y no para transcribirlo, las contradicciones de Bolaño son muy difíciles de imitar.

— Tú ni salgas, que hace un frío que te haces pipí encima y se te congela– me apunta mi ex.

José Rafael se pone cada día más parecido a un cerdo, con la cara igual de rosada y estirada. Se pincha un dedo y le sale crema pastelera, a presión.

— Ni de vaina, ni por el clima ni por el trabajón que tengo encima –le respondo levantándome del sofá — Me voy al cuarto, así no me joden, pero si piden comida me avisan.

¿Quién iba a pensar que yo iba a repetirles tanto esa frase a este par? Los dos eran mis mejores amigos, después uno mi novio y después el diablo -o dios- los juntó. A Ali la amo porque uno a sus amigas del colegio no puede sino amarlas como a una hermana y por liberarme de ese hombre. A JR le tengo cariño, mi forma de disculparme por todo lo que le hice para terminar -¿hace cuántos años ya?- con él, es aceptando que se enamorara de mi mejor amiga. Son felices, me da igual. Me alivian. Los catires se ven mejor con las catiras.

¡Que mi ex se mudó con nosotras y el memorandum no me ha llegado! José Rafael pasa todos los exámenes.

18. El amor sobrevive casi todo

Debo contar que pidieron comida y no me avisaron. El amor resiste tres personas juntas, pero no el hambre.

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