Imposturas de una señorita burguesa #2
3. Tilda y madre de la misericordia, sueña por nosotros
Cada vez que sueño con Tilda Swinton me pasa lo mismo. Ella aparece siempre con la mirada plácida de quien no tiene preguntas, en cualquiera de sus advocaciones. Mi favorita y tal vez por eso la más frecuente es la imagen en la que tiene el pelo rubio hecho un nido, como en Only Lovers Left Alive, ¡tan pálida, tan sedienta! Así se me apareció esta noche mientras yo dormía. Ella habla en perfecto español conmigo, ¿la inmortalidad es así de bella? Ella dice que nada a medias, o habla español, o habla algún idioma extranjero, el papiamento no existe. En el sueño me muestra un álbum con fotos de los pisos que tengo toda la semana revisando para rentar. No seas evidente, Tilda, la obviedad no es buena. Me gusta uno que tiene vista al mar, al mar de Madrid, pero cada vez que intento señalarlo la hoja cambia de lugar. Me desespero y Tilda me sigue mirando como agua mansa, como si no pasara pensamiento alguno por su cabeza, me sonríe y mueve el cuello, levanta la barbilla como si me pidiera que continuara mi búsqueda. ¡busco, busco, busco! Le pido que me ayude. ¡Sostén la hoja! La sujeto antes de que se me escape, la hoja se rompe. Tilda es inmortal hoy, tan vampira, tan diferente a mí. Yo no puedo. ¡Con qué colmillos pretendo! Me bota de mi sueño. Me despierto.
Miro la pantalla del celular, aún son las 2:40 de la madrugada. Tengo dos horas más para dormir. Dos es un número mediocre, prefiero tres o nada. Me controlo para no caer en la trampa de revisar los mensajes de Whatsapp a esta hora. El cambio de horario con mi familia y amigos me quiere obligar a mantenerme alerta las 24 horas del día. ¡BAH! Sé que mañana será un día eterno, como Tilda, de 27 horas o más, solo que yo no tengo sus colmillos para enfrentarlo. Google maps me dice que la oficina migratoria queda a una hora y cuarenta minutos en metro o a tres horas y media si me decido por caminar. 35 euros un taxi que no me puedo dar el lujo de pagar, menos si quiero esa casa con vista al mar en la mitad de Madrid, que además está cerca de la escuela de escritura. Espero que Alicia se una en mi trayecto, aunque a ella no le gusta el metro. A mí tampoco. Hasta me creo que Alicia y yo tenemos muchas cosas en común.
Me doy media vuelta en la cama, le doy la espalda al teléfono y me entierro debajo del edredón buscando una cuna que no encuentro. Me acomodo las medias que ya estaban por caerse y sin ellas no puedo dormir. Al menos lo intento. Adieu!