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Abstract

eras hay mucho verde, incluso el aire huele a agua recién salida de las mangueras de los patios que hay cerca. El ruido de las construcciones incesantes de Madrid no traspasa estos lares. Cosa que se agradece a ratos, y en otros tantos solo es una excusa para que me coma un poco más las uñas en medio de la falsa calma de recién llegada que me habita.</p><p id="7406">Me despego por un segundo de la Mac y de la burocracia que abruma desde la pantalla; tengo que cerrar los cristales porque el verano es de mentira, el frío penetra en las noches –y comienzo a temer por mi vida cuando de verdad llegue el otoño-. Dejo descansar el formulario Ex — 17 para solicitar –rogar/implorar- mi tarjeta como extranjera legal. Llegué a la línea que me pide una información que desconozco: ocupación. El clima siempre es una buena excusa para postergar preocupaciones –o iniciar malas charlas-.</p><p id="edf2">Mientras lucho con la trampita del cerrojo de las ventanas -que me dejan los dedos negros de humo, porque Rolando no sabe limpiar, a pesar de que vive solo- siento la barrita del espacio en blanco del Ex — 17 titilándome entre las cejas: ¿cuál es mi ocupación? ¿Eso no es una pregunta retórica hoy en día? Y como si no bastara con mis dudas, tan solo me dan doce caracteres para responderla. El que creó estos formularios debió ser una persona muy corta de mente. Yo me crié con la oportunidad de escribir mi propia biografía en 140 caracteres o más –tampoco demasiados porque no he vivido tanto-, ¿cómo reducir todas las posibilidades a doce espacios? Sobre todo cuando no estás segura de ninguna opción. A mis 29 años no puedo decir con precisión lo que soy, tengo un título universitario que nunca he ejercido, pero he trabajado en todos los oficios de esos que los padres nunca

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saben de que van. Ahora estoy desempleada, me aceptaron –casi- para estudiar una profesión diferente y que ha causado mucha polémica en mi familia. Siendo hija de un ingeniero y una psicóloga, ninguno de los dos está satisfecho con mi reciente pasión por la escritura, ¡QUE DE QUÉ VOY A VIVIR! La lógica me dice que escriba «estudiante», ¿pero soy estudiante, si ni siquiera he pisado la escuela? «Aún no lo sabe» son catorce, mejor prescindo del artículo: «Aún no sabe». Listo, mi vida en 11 espacios. Termino de cerrar los cristales.</p><p id="bdd3">¡Concéntrate! Me regreso a devolverle el golpe a la burocracia de la inmigración «Estudiante» me decido a escribir. Sé que el oficial de inmigración mañana no estará de humor para mi crisis de identidad y si hay algo que temo más que quedarme sin yogures en la nevera, es a hacer una cola en vano en una oficina pública. Ya intentaré que mi cara lo convenza de mi condición de aprendiz con una <i>bio </i>con suficiente atractivo para no ser deportada.</p><p id="425e">Los ladridos de Napoleón me distraen, el perro de la casa comienza a inquietarse, creo que extraña la brisa entrando por los costados, claro, él tiene pelo en todo el cuerpo. Me levanto de nuevo para tranquilizarlo, pero al llegar a su lado piso un charco tibio. Un líquido cálido y casi aceitoso se cuela entre mis dedos descalzos. El perro solo me estaba avisando que cerrar las ventanas había sido un error.</p><p id="2e18"><b>2.</b></p><p id="9000"><b>5 Cosas que no se deben hacer en una casa ajena</b></p><p id="47c5">1. Dejar encerrado al perro</p><p id="d5c4">2. Comerse el último trozo de pan</p><p id="9538">3. Contestar el teléfono fijo</p><p id="067b">4. Usar toda el agua caliente</p><p id="5d7a">5. Pasar más de cinco días ahí</p></article></body>

Imposturas de una señorita burguesa #1

  1. ¿Quién es usted? No use más de doce caracteres

La verdad sea dicha: si cuando tuve mi crisis de llanto el día que cumplí 20 años me hubieran dicho que casi una década después iba estar en esta situación, quizá habría llorado un poco más. Mi nombre completo es América González Montoya y me gustaría pensar que a mis 30 años me encuentro satisfecha, que he llenado a cabalidad todas las expectativas que tenía sobre una adultez estable, pero las cinco ventanas abiertas en el explorador de mi computadora, con formularios e instrucciones para recién llegados a España, delatan que sigo en el intento.

Hace dos meses creí que estaba en un momento seguro -¡cumbre!- de mi vida: trabajaba como asistente de relaciones públicas de una marca de moda –el trabajo soñado de las señoritas-; había pasado la veintena de edad sin embarazarme por accidente; tenía un novio al que quería aunque ya no me gustaba –como toda relación digna-; sabía que mi animal en el horóscopo chino era el dragón y que Basquiat había muerto el día antes de mi nacimiento. Check, check, check. Ahora, en pleno verano tardío madrileño, lo único que sigue vigente de toda la lista son mis datos astrológicos.

Tengo una semana viviendo en casa de Rolando, el hermano de Alicia, que se ofreció a acogerme mientras ella llega y encontramos un lugar definitivo para vivir. Algo más cerca de nuestras escuelas. Ha sido muy conveniente para mí, ¡me cuesta aceptar mi buena suerte! Sobre todo porque su trabajo lo ha mantenido ocupado estos días y a duras penas ha pasado por acá. El piso tiene una terraza grande, con ventanas que se pueden cerrar en el invierno, y como está en las afueras hay mucho verde, incluso el aire huele a agua recién salida de las mangueras de los patios que hay cerca. El ruido de las construcciones incesantes de Madrid no traspasa estos lares. Cosa que se agradece a ratos, y en otros tantos solo es una excusa para que me coma un poco más las uñas en medio de la falsa calma de recién llegada que me habita.

Me despego por un segundo de la Mac y de la burocracia que abruma desde la pantalla; tengo que cerrar los cristales porque el verano es de mentira, el frío penetra en las noches –y comienzo a temer por mi vida cuando de verdad llegue el otoño-. Dejo descansar el formulario Ex — 17 para solicitar –rogar/implorar- mi tarjeta como extranjera legal. Llegué a la línea que me pide una información que desconozco: ocupación. El clima siempre es una buena excusa para postergar preocupaciones –o iniciar malas charlas-.

Mientras lucho con la trampita del cerrojo de las ventanas -que me dejan los dedos negros de humo, porque Rolando no sabe limpiar, a pesar de que vive solo- siento la barrita del espacio en blanco del Ex — 17 titilándome entre las cejas: ¿cuál es mi ocupación? ¿Eso no es una pregunta retórica hoy en día? Y como si no bastara con mis dudas, tan solo me dan doce caracteres para responderla. El que creó estos formularios debió ser una persona muy corta de mente. Yo me crié con la oportunidad de escribir mi propia biografía en 140 caracteres o más –tampoco demasiados porque no he vivido tanto-, ¿cómo reducir todas las posibilidades a doce espacios? Sobre todo cuando no estás segura de ninguna opción. A mis 29 años no puedo decir con precisión lo que soy, tengo un título universitario que nunca he ejercido, pero he trabajado en todos los oficios de esos que los padres nunca saben de que van. Ahora estoy desempleada, me aceptaron –casi- para estudiar una profesión diferente y que ha causado mucha polémica en mi familia. Siendo hija de un ingeniero y una psicóloga, ninguno de los dos está satisfecho con mi reciente pasión por la escritura, ¡QUE DE QUÉ VOY A VIVIR! La lógica me dice que escriba «estudiante», ¿pero soy estudiante, si ni siquiera he pisado la escuela? «Aún no lo sabe» son catorce, mejor prescindo del artículo: «Aún no sabe». Listo, mi vida en 11 espacios. Termino de cerrar los cristales.

¡Concéntrate! Me regreso a devolverle el golpe a la burocracia de la inmigración «Estudiante» me decido a escribir. Sé que el oficial de inmigración mañana no estará de humor para mi crisis de identidad y si hay algo que temo más que quedarme sin yogures en la nevera, es a hacer una cola en vano en una oficina pública. Ya intentaré que mi cara lo convenza de mi condición de aprendiz con una bio con suficiente atractivo para no ser deportada.

Los ladridos de Napoleón me distraen, el perro de la casa comienza a inquietarse, creo que extraña la brisa entrando por los costados, claro, él tiene pelo en todo el cuerpo. Me levanto de nuevo para tranquilizarlo, pero al llegar a su lado piso un charco tibio. Un líquido cálido y casi aceitoso se cuela entre mis dedos descalzos. El perro solo me estaba avisando que cerrar las ventanas había sido un error.

2.

5 Cosas que no se deben hacer en una casa ajena

1. Dejar encerrado al perro

2. Comerse el último trozo de pan

3. Contestar el teléfono fijo

4. Usar toda el agua caliente

5. Pasar más de cinco días ahí

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